La histórica iglesia de los Santos Mártires de Málaga se reformó entre 1756 y 1777 con las limosnas de todos aquellos que quisieron aportarlas. Conmemorando el término de las obras, en la ciudad hubo celebraciones que duraron varios días, entre junio y julio, con procesiones, música, danzas, desfiles de “los gigantones y los enanos”, reparto de alimentos, etc. (Fuente: La dedicación de la Parroquia de los Santos Mártires de Málaga de Narciso Díaz de Escovar a través de un poema de la época de Juan Arias del Castillo).

TEXTO: Salvador Valverde Gálvez *

No podían faltar festejos taurinos. Eso sí, no por parte de las autoridades gubernamentales de ese periodo, que estaban más en contra que a favor de celebrar corridas de toros, sobre todo porque las arcas municipales tenían que costearlas (Fuente: La fiesta de los toros en Málaga en los siglos XVII y XVIII de Andrés Sarria Muñoz). El “empresario” fue Francisco de Paula Fernández de Córdoba Lasso de la Vega y Pacheco, cuarto marqués del Vado del Maestre (1742-1805) —formaba parte del cabildo municipal— que costeó, al igual que otros actos, cuatro corridas en el mes de julio de ese año, 1777.

Grabado de la plaza de la Constitución en la revista El Guadalhorce 03/11/1839 (BNE)

Aún no existía en Málaga plaza de toros estable. Las corridas se celebraban en la plaza Mayor, actual de la Constitución. Evidentemente, la forma de la plaza de toros era más bien rectangular, adaptándola a la plaza “… quizás algo ochavada debido a los andamios y salida del toril en sus esquinas…” (Ibídem). Las gradas se instalaban con andamios, pero la altura de estos estaba condicionada a las ventanas y balcones de los edificios de la plaza, cuyas ocupaciones estaban muy cotizadas. En las entradas a la plaza de las cuatro calles (Compañía, Granada, Santa María y Especería) se levantaban tarimas, pero se dejaban pasillos para el paso de la gente y el acceso a los edificios.

Como la corrida la organizó un particular, el citado marqués del Vado, las ocupaciones de los balcones y de las ventanas había que pagarlas, incluyendo a las autoridades, salvo excepciones como invitados y clérigos. Para hacernos una idea de los precios de entonces, en 1772 se cobraba 110 reales por un espacio de una vara (83,6 cm.) en un tablado delante de las casas capitulares, “que era una suma muy elevada” (Ibídem). Conocemos el número de asientos de las casas capitulares, sin contar las personas que se situaban detrás de pie; en total 228 repartidos entre balcones, arcos y ventanas “… exceptuando el balcón principal, que quedaba exento y a disposición del gobernador y algunos ediles más antiguos” (Ibídem).

Según Narciso Díaz de Escovar en artículos relatando el suceso a tratar, la cuarta y última corrida fue el 5 de julio. Suponemos que las demás se celebraron el 2, 3 y 4 del mismo mes, porque por entonces se procuraba que se realizaran en días seguidos para que el tinglado montado en la plaza Mayor causara molestias inevitables, los menos días posibles.

Ganado

En la parte del poema que trata las corridas, Juan Arias del Castillo expone que los toros eran andaluces, hermosos, ufanos y bien dispuestos. Narciso Díaz de Escovar en su artículo Por un balconcillo en los toros afirma que eran de una ganadería de Sevilla.

Calle Nicasio Calle en 1940. Foto: Fernández Casamayor (Archivo Municipal de Málaga)

Aunque el organizador privado se encargaba de la contratación del ganado, las autoridades de la ciudad exigían que fuera de calidad y de una ganadería conocida. Cuando llegaba a Málaga caminando, se instalaba en una dehesa del Ayuntamiento unos días antes de las corridas para que recuperaran fuerzas. Normalmente en la época, seleccionaban toros entre seis y ocho años. Desconocemos cuántos cornúpetos corrieron en los festejos que estamos tratando, pero si nos atenemos a los datos de cuatro corridas celebradas en 1774, probablemente hubo doce por día. Estos se encerraban pocas horas antes de las corridas, e incluso en la misma mañana, en un chiquero instalado en una antigua calle cortada en sus accesos, llamada Toril, cuyo parte del trazado corresponde a la actual calle Nicasio Calle, llamada así desde el 7 de enero de 1888.

Probablemente, el marqués del Vado, como organizador, pidió al ayuntamiento la infraestructura y materiales necesarios para que el traslado y seguridad del encierro se llevase a cabo. Como el encierro era un espectáculo en sí, muchos no querían perdérselo aun con el consecuente riesgo de accidentes. (Fuente: 3.900 calles de Domingo Mérida; La fiesta de los toros en Málaga en los siglos XVII y XVIII de Andrés Sarria Muñoz).

Las corridas

Desconocemos el “cartel”, pero si nos atenemos a la poesía antes citada, debió ser de calidad porque las corridas fueron “… costosas, serias sin comparación”. Además, teniendo en cuenta que el marqués del Vado no escatimó mucho en el gasto de las celebraciones —no únicamente de los festejos taurinos— nos hace pensar que participaron grandes nombres del momento, como Costillares, Pepe Hillo, Pedro Romero, etc. En la lista no puede faltar el malagueño (así apodado) José Álamo, uno de los primeros espadas documentados de la ciudad, hijo de Diego del Álamo, también famoso matador de toros. Respecto a Álamo hijo, el diccionario taurino de Cossío afirma que “… tenía fama de ser uno de los más notables toreros de su tiempo. Era menos activo que su padre en la plaza, pero más seguro con el estoque”. También desconocemos si hubo faenas de rejoneo, pero debido a que el toreo a pie estaba en boga y la persistencia tradicional del toreo a caballo, nos hace pensar que las corridas fueron mixtas. Respecto a la hora, empezarían a las cinco de la tarde, tal como era habitual en los meses de julio y agosto por entonces.

Casi ningún dato nos ha llegado del resultado de las corridas. Las únicas referencias son a través de la poesía de Juan Arias del Castillo. Afirma que fueron vistosas, con grandes tretas y bellas suertes que hicieron a los toros. También sabemos que no se lamentaron desgracias en el ruedo salvo las muertes de toros y caballos.

Esta es la parte de la poesía de Juan Arias del Castillo, extraído del libro citado de Andrés Sarria Muñoz, en la que se refiere a los cuatro festejos:

“Quatro corrida siguieron / de Toros, que se lidiaron / corteses; pues saludaron / a los que en la Plaza vieron: / Con muchos de ellos se hicieron / grandes tretas, bellas suertes; / eran hermosos, y fuertes, / muy bien dispuestos, ufanos, / Andaluzes y paisanos / sin disputa, hasta la muerte. / Estas corridas costosas, / serias sin comparación, / se dieron a la afición / el colmo por lo vistosas: / Las atenciones briosas / con manifiestos decoros / y ultrajes a los desdoros, / en ellas vieron con luzes, / unos Toros Andaluzes, / o unos Andaluzes Toros. / En fin, este regocijo / tan singular fue en efecto, / que lisonjeó el afecto / y aun al gusto más prolijo: / Que no hubo desgracia es fijo; / y si los toros mataron, / caballos, nunca faltaron, / pues se vio en claros aciertos / que aun siendo muchos los muertos / bastantes brutos quedaron”.

Pintura de Goya realizada a principios del siglo XIX

Duelo por un balcón

Asistir a un festejo taurino era muy codiciado. Más era ocupar un balcón de un edificio de la plaza, sobre todo desde que pocos días antes de las corridas tratadas se prohibiera levantar algo similar a una grada dentro de las habitaciones con balcones, debido al riesgo de importantes daños por peso excesivo. Por ello, no es de extrañar “malentendidos” y discusiones por un mismo asiento o incluso por la totalidad de un balcón (Fuente: La fiesta de los toros en Málaga en los siglos XVII y XVIII de Andrés Sarria Muñoz).

Se desconoce si hubo jaleo en las tres primeras corridas, pero la que se lio en la del 5 de julio ha trascendido a través de varios artículos de prensa que escribió Narciso Díaz de Escovar con diferentes títulos como Por un balconcillo en los toros o Un desafío y una traición, que se conservan en el Archivo Legado Díaz de Escovar del Museo de Artes y Costumbres Populares de la Fundación Unicaja y que pude consultar y reproducir hace años. Narciso asegura que la información le llegó a través de un manuscrito.

Miguel de Loayza, teniente del regimiento de Nápoles, “… fuerza que entonces guarnecía á Málaga” (Por un balconcillo en los toros de Narciso Díaz de Escovar), y quizá de origen rondeño porque era un apellido común en la ciudad del Tajo, ocupaba un balcón de la plaza. Loayza era muy estimado entre sus compañeros por su valentía, entre otras cualidades. Pero este aprecio no lo iba a tener por parte de Antonio Schipisi, un italiano que vivía en Málaga —Díaz de Escovar, a diferencia del artículo citado, se refiere a Schipisi como que él era el teniente en su artículo Un desafío y una traición—. Este aseguraba que el balcón donde estaba Loayza para asistir a la corrida le pertenecía. Empezó una discusión entre ambos que casi llegó a las manos o a las armas, a no ser por la intervención de personas presentes. Parece ser que los ánimos se calmaron y disfrutaron del festejo, aunque se desconoce quién ocupó finalmente el balcón.

Los resentimientos no desaparecieron. El 6 de julio, día siguiente de la corrida, amigos de los ofendidos concertaron un duelo entre ambos para el 8 de julio por la mañana al no haber consenso sobre la incidencia. El duelo sería por arma blanca, aunque se desconocen otros detalles, como si era a muerte o a primera sangre, según el artículo Por un balconcillo de los toros. El lugar, Alcubillas de la Trinidad, lo que hoy es la zona de la avenida Suárez. El duelo fue reñido debido al buen manejo de las armas de ambos. Al alargarse demasiado la contienda y no resultar ninguno herido —lo que hace pensar que el duelo fue a primera sangre— acordaron los padrinos del duelo un mutuo acuerdo que se selló con un abrazo entre ambos contendientes. Según el mismo Díaz de Escovar en el artículo Un desafío y una traición, Loayza estuvo mejor en el manejo del arma e incluso hirió en dos ocasiones a Schipisi.

Poco después de la terminación del duelo, Schipisi vio que Loayza se sentó en una piedra a descansar un poco, momento de descuido de este que aprovechó aquel para clavarle su arma blanca a traición e irse rápidamente. Un joven que vio lo acontecido, fue al cercano convento de la Trinidad para avisar de lo ocurrido. Acompañó a un religioso al lugar de los hechos y se encontraron a Loayza moribundo. Sin que este pudiera ni hablar, “se limitó á estrechar la mano del trinitario y cerró los ojos para siempre” (Por un balconcillo en los toros de Narciso Díaz de Escovar). Se desconoce si a Loayza lo enterraron en lugar sagrado debido a que no pudo confesarse, aunque sí se sabe que “… se suscitaron cuestiones canónicas…”. Respecto a Schipisi, no sabemos si escapó o lo detuvieron y condenaron.

El festejo taurino y el balcón de la discordia mucho tuvieron que merecer la pena para  como acabaron ambos caballeros.

Aunque se ha citado en varias ocasiones en el artículo, buena parte de la documentación para su realización ha sido a través del excepcional y muy recomendable libro La fiesta de toros en Málaga en los siglos XVII y XVIII, Premio Málaga de Investigación 2015 otorgado a su autor, Andrés Sarria Muñoz.

*  Salvador Valverde, autor del artículo, acaba de publicar el libro Málaga Negra 2